Bob Dylan no existe

Ahora que ha recibido el Nobel mucha gente parece haberse dado cuenta, pero nosotros lo sabemos desde hace mucho tiempo: Bob Dylan no existe. Está bien que así sea. Se ha escrito tanto sobre Bob Dylan que hace falta un afilado machete y hectolitros de paciencia para adentrarse entre tan tupida selva de libros, artículos, reportajes y tesis doctorales. Y toda esa ingente cantidad de literatura se podría resumir con tres palabras de resonancias bíblicas: Dylan es inescrutable. Y no existe. Por eso, a estas alturas, la única manera sensata de escribir algo coherente sobre él sea con el corazón y las tripas.

El bardo de Minnesota es un verdadero maestro en huir de sí mismo, o mejor dicho, de su imagen pública, de la idea que se forma en la cabeza de millones de fans around the world cuando oímos pronunciar su nombre o escuchamos los primeros acordes de alguna de sus incontables obras maestras. Porque, a pesar de todo, nadie conoce a aquel muchacho que salió de Hibbing (primera huida) dirección NY, adonde arribó en plena revolución folk en 1960 y que cambió el rumbo de la música popular. Nadie sabe nada del iconoclasta róquer que en mitas de los setenta dinamitó la música pop con su sonido mercurial y su poesía alucinada y llena de aristas y meandros. Nadie sabe nada del tipo que casi se desnuca a lomos de su Harley cuando intentaba dejar atrás al apostol que muchos querían ver en él. Nadie sabe nada del cristiano renacido de la década de los ochenta que convertía los escenarios en púlpitos desde los que pontificar. Nadie sabe nada de la arisca estrellona del rock que con setenta y tantos años y transmutado en crooner no se baja del escenario ni a tiros y ofrece conciertos memorables como el del pasado 9 de julio de 2015 en Córdoba.

Bobby y sus muchachos en acción en Córdoba, 2015. Foto: Vicente Ortiz Sánchez


«Buenas noches. Hoy es Halloween y llevo puesto mi disfraz de Bob Dylan», dijo en cierta ocasión al comenzar una actuación en un programa televisivo estadounidense. El murmullo de un millón de voces escrutadoras se elevó como una revolución de insectos y las rotativas arrancaron sus motores. Mientras tanto, los coyotes en la garganta arañan ajenos a los movimientos planetarios: sólo importan las canciones. El personaje atiza la hoguera huyendo una y otra vez, ideando estratagemas que lo vuelvan invisible. Pero las voces se preguntan sin descanso: ¿existe Bob Dylan o se trata, tan solo, del disfraz detrás del que se esconde el propio Bob Dylan? Zimmerman y Dylan jugando al gato y al ratón; rostros de la misma moneda: un dólar de plata arrojado al aire del nadie despega los ojos mientras eleva el vuelo. Mientras todos miran al cielo, el ladrón agazapado espera hacerse con un buen botín.

Qué más da quién sea Bob Dylan. Yo sé que no existe y que la moneda que vuela es un espejismo, un sueño, una fantasía. Lo que realmente importa es la música, la irrevocable vocación de artista ambulante de un tipo incapaz de permanecer mucho tiempo en un mismo lugar; salir a tocar y antes de que se extinga en el aire de la noche la vibración del último acorde desaparecer discretamente en busca del horizonte. Ese es Bob, una leyenda de la cultura mundial que aspira a pasar desapercibido. Un tímido enfermizo al que se le acusa de huraño y antipático, una enigmática contradicción que sopla armónicas. Una voz que nos hace creer que aún es posible viajar de polizón en un vagón de tren de vapor. Un tipo que canta y baila.

Vicente Ortiz Sánchez